LA SINGULARIDAD DE DOÑA ELVIRA DE ZUÑIGA


Más allá de la poderosa familia a la que pertenecía, la figura de esta mujer no ha pasado desapercibida, existiendo dos aspectos de su vida que merecen ser subrayados: su gran entereza, que le permitió estar al frente del señorío en una complicada etapa en el panorama de la política nacional; y su activa labor de patronazgo y promoción artística.
Pese a que en la España medieval las mujeres fueron excluidas del poder político, en algunos casos, si la situación lo exigía, pudieron gobernar los reinos y los señoríos de la familia . Este va a ser el caso de doña Elvira de Zúñiga, quien hubo de quedar al frente del vasto territorio de Belalcázar, tras el fallecimiento en 1464 de su esposo don Alfonso I de Sotomayor, dada la minoría de edad del hijo primogénito de ambos. Como tutora de don Gutierre de Sotomayor, esta noble dama desempeñó a lo largo de casi veinte años una sólida política, consiguiendo el título condal para este señorío. Tal distinción sería heredada por su segundo hijo varón, al optar el primogénito, don Gutierre de Sotomayor por la vida religiosa. De este modo, sería don Álvaro de Sotomayor quien finalmente gobernase, con el nombre de Gutierre III, si bien por breve tiempo dada su prematura muerte. 

Doña Elvira de Zúñiga constituye un claro ejemplo de cómo la sociedad aristocrática del Medievo no fue exclusivamente masculina, ya que estuvo protagonizada también por mujeres dotadas de gran fortaleza y acostumbradas a mandar. Como regente tutorial desempeñó una sólida política, entre 1464 y 1483, consiguiendo el título condal para este señorío. Su gobierno estuvo marcado por su gran sentido de la justicia y por su profundo espíritu religioso. Ambos aspectos influyeron considerablemente en su labor de promoción artística, visible en el campo arquitectónico. 

A este respecto, llevó a cabo la restauración y rehabilitación del Castillo de Belalcázar, fundando, igualmente, en las proximidades de esta villa, el Convento de Santa Clara de la Columna. Ambas obras remiten al origen extremeño de doña Elvira, apreciándose las mismas tendencias estéticas derivadas de la intervención de maestros y decoradores procedentes de Plasencia, centro cultural que mantuvo estrechos vínculos artísticos con Toledo. Asimismo, constituyen una clara muestra de cómo influyeron en ella la política fundacional y la labor de promoción artística emprendidas por su padre, don Álvaro de Zúñiga, en esta población extremeña . 
El castillo medieval de los Sotomayor hundía sus raíces en la época romana, siendo reutilizado con fines defensivos, desde el siglo IX, por los musulmanes. Posteriormente, en el siglo XV, don Gutierre de Sotomayor, fundador del linaje, impulsaría las obras de una nueva construcción, proseguida por su hijo don Alfonso I. A la muerte de éste, en 1464, quedaría al frente de las obras su viuda, doña Elvira de Zúñiga siendo sometida la fortaleza, a partir de entonces, a una gran transformación .
La antigua fortaleza afianza su carácter palaciego y decorativo con una considerable ampliación espacial, con el empleo de nuevos materiales de construcción y, especialmente, con la introducción de novedades de tipo estético. A la tradición mudéjar se añaden los programas ornamentales del gótico flamígero, de gran apogeo en el ámbito hispano durante las últimas décadas del siglo XV. Como ya indicamos, dichas innovaciones evidencian la proyección de las manifestaciones artísticas placentinas. Asimismo, la conversión del castillo en palacio se halla igualmente en consonancia con unos tiempos de menor peligro bélico y de mayor estabilidad política. 
La torre del homenaje evidencia tales novedades. Tratándose de una construcción de 45 metros de altura, exteriormente se halla constituida por un prisma cuadrangular en sus dos tercios inferiores y por un cuerpo de sección casi circular en el tercio superior. En este último cuerpo se abren vanos que responden al gótico flamígero y que contrastan con los del primero, carentes de ornamentación y coronados por un alfiz de clara tradición mudéjar. 
La presencia de motivos heráldicos enfatiza el carácter simbólico de la construcción, expresión del poder señorial. Las superficies de las ocho garitas semicirculares del último cuerpo de la torre, quedan subrayadas por grandes escudos de los Sotomayor. Asimismo, la cadena que separa los cuerpos inferior y superior de la misma, constituye una clara alusión al escudo de los Zúñiga y cabe ser interpretada, como una manifestación del orgullo de doña Elvira de pertenecer a un poderoso linaje. 

El profundo sentimiento religioso de esta noble dama, justifica la segunda empresa arquitectónica que emprendiera durante los años en los que se hizo cargo del estado de Belalcázar. En 1476 fundaba el Convento de Santa Clara de la Columna, en las proximidades de esta villa, destinado a albergar una comunidad de frailes franciscanos. Si bien las obras de este conjunto cenobial se prolongaron durante la siguiente centuria, doña Elvira se convertiría en la primera promotora del mismo, contribuyendo también, en lo sucesivo, otras doncellas de esta familia condal.
Como fundadora de este convento doña Elvira habría de mantener un estrecho vínculo con el mismo, impulsando su construcción y velando por su mantenimiento económico. En las obras emprendidas por esta dama se aprecian las mismas tendencias artísticas ya comentadas en el Castillo de Belalcázar, evidenciándose igualmente en los motivos heráldicos presentes en el mismo, su expreso deseo de dejar constancia del linaje de los Sotomayor. 
El comportamiento de doña Elvira no difiere al de otras mujeres del siglo XV, pertenecientes a la nobleza o a la monarquía. Sin embargo, en nuestra opinión, su actitud más singular viene marcada, una vez más, por su espíritu religioso. Aun tratándose de una fundación para religiosos franciscanos, no dudó en erigir junto al cenobio unas casas en donde pasar temporadas de retiro. Con tal decisión, al mismo tiempo, estaba previendo el futuro para algunas de sus hijas, aspecto que justifica la posterior conversión del mismo en un claustro de franciscanas clarisas. No hay que olvidar, que las fundaciones de conventos por miembros de la nobleza fue una buena gestión, destinada también a ubicar a las mujeres de sus familias que no contraían matrimonio. 
Resulta interesante la concepción del conjunto cenobial como un pequeño poblado, dado su emplazamiento en un enclave apartado de la villa de Belalcázar, si bien próximo a la misma. Se justifica así el nombre de la Villeta con el que desde un principio fue conocido dicho poblado, lugar en el que se erigieron las edificaciones necesarias para el servicio del propio convento, así como las citadas casas de doña Elvira. 

La muerte de esta noble dama siete años después de la fundación del cenobio franciscano, no impidió la prosecución de las obras del mismo. De hecho, doña Elvira dejó dispuesto en su testamento lo siguiente: 

“Otrosý mando e ordeno que por quanto la dicha señora quedó con los religiosos de la dicha casa de dar acabado el dicho monasterio e está por fazer el portal delante de la puerta mayor, que se acabe de los bienes del dicho quento de la forma y e manera que al señor conde bien visto fuere”. 

En dicho testamento quedaron igualmente expresadas ciertas cantidades de maravedíes, destinadas a las obras de los templos de las villas de Belalcázar, Hinojosa, La Puebla y Herrera.

YOLANDA VICTORIA OLMEDO SANCHEZ
ARENAL, 21: 1; enero-junio 2.014, 27-46